EN UN BANCO DE LA PLAZA
S
entado en un banco de plaza busco algo, aún, a esta hora de la
mañana, no sé bien lo que es, un recuerdo, una mano amiga cálida y sin apuro,
poder conversar con alguien que no sea sordo, no lo sé bien. Veo pasar a la
gente, el sol comienza a calentar a esta hora, me toco el sombrero y busco la
comodidad de la banca. Algunos me miran y creo saber lo que piensan, después de
todo mi ropa es ropa de pobre, mi sombrero está sucio y algo ajado, mis zapatos
están llenos de barro. La mayoría no se da cuenta que estoy aquí, cada uno
llevará en su cabeza las imágenes de su vida, hijos, hermanos, esposa, amigos,
todo eso que yo tuve un día, todo eso. También tendrán problemas, tal vez no
tan grandes como los míos, porque estar solo si es un problema, ¿alguien
pensará alguna vez que los viejos también tuvimos sueños, que alguna vez
corrimos tras una pelota pensando en ser un astro del fútbol? porque, claro,
también yo corrí y salté como el pequeño que ahora me mira silencioso y un poco
asustado, seguramente yo hice igual alguna vez.
Los rayos del sol ya iluminan el piso ajedrezado de la plaza. Es hermoso el mundo a pesar de todo, las palomas, ya despiertas hace rato, se acercan curiosas y esperanzadas. Todo el mundo tiene esperanzas ¿cuál será la mía? ya no puedo pensar en salir de la ciudad como hacía antes, ahora no puedo manejar mi auto, mi licencia está vencida y no puedo renovarla porque mis lentes, bueno, la verdad, por viejo, por demasiado viejo dijo el atento y tan joven empleado que me atendió. Además si he de ser sincero, el auto ya no es mi auto, el viejo no lo necesita por lo tanto los hijos se lo llevaron, da lo mismo. Quizás tengo la esperanza de encontrar una compañera. Raquel murió una tarde cualquiera, después de cincuenta y tres años a mi lado murió sin pena ni gloria, sin aspavientos. Sentí, lo recuerdo bien, algo así como que la vida me había engañado ¿para esto todo lo demás? me dije, sin poder pensar otra cosa. Encontrar una compañera, si no tengo dinero, mi pobre jubilación es el chiste mensual de las conversaciones de mis hijos, porque amigos ya no tengo como antes; ya no hay invitaciones al bar de Manuel, ni tardes de dominó en mi casa, claro, con comida claro. Bueno, mi pobre jubilación no me deja pensar en una compañera, si apenas me alcanza para los remedios, apenas y la comida me llega por alguna gracia.
Ya pronto el calor me parará de aquí, con este abrigo de viejo no puedo estar sentado en un banco de la plaza a una cuadra del palacio de gobierno y con treinta grados como fue ayer, no, debo pararme e irme, a algún lado, no sé donde, a algún lado.
La palomas se han acercado demasiado, puedo sentir su respiración, ayer pasó igual, y antes también. Tres horas desde que llegué, hacía algo de frío cuando me senté con la esperanza de volverme invisible, con la esperanza, lo puedo decir, de no ocupar ningún lugar en el mundo, con la esperanza de no sentirme demás, de no sentir que sobro; que alguien que no sea una paloma se acerque y me pregunte algo, lo que sea, cualquier cosa.

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